Vivimos apurados, el tiempo es escaso y si algo merece nuestra atención debe valer la pena, más aún cuando se relaciona con elementos artísticos o culturales. Ésta es una sentencia que puede parecer cruel, pero de una u otra forma representa la inercia que reina en parte de nuestra sociedad. En reiteradas ocasiones me ha ocurrido que al viajar en locomoción colectiva, la radio está encendida, emitiendo música preferentemente de moda.
Si la radioemisora tiene el desatino de poner al aire algún programa de conversación o de noticias tratadas con un mínimo nivel de profundidad, el conductor procede cual saeta, a cambiar el dial en busca de los compases propios del reggaetón o la cumbia. Es una suerte de zapping radial, al gusto del chofer, lo cual en ocasiones puede ser una tortura. Pero dicho modus operandi asociado al zapping también se aplica al momento de presenciar propuestas artísticas físicas, en vivo y en directo.
¿Es necesario formar audiencias? Claro que sí, pero también hay que detectar focos de audiencias que no necesariamente se asocian a las propuestas que se hacen desde lo formal, tanto para presentaciones artísticas en vivo como para la apreciación de obras en otros soportes y formatos (cine, televisión, radio, Internet).
O sea, los grupos de cumbia y reggaetón tienen su audiencia específica, hay un consumo cultural asociado a la música y el baile, lo que no necesariamente tiene relación con la llamada alta cultura o las bellas artes, las que también poseen su audiencia específica y fiel.
El espectador que permanece frente a una propuesta artística, entra en un estado de goce y apreciación consciente de la obra, desarrolla una mínima conducta de respeto por el artista, cierto grado de tolerancia y paciencia, que le permite visualizar el proceso o la idea que se quiere plasmar sobre el plató, la tela, el papel o la cinta.
Pero esta permanencia está asociada a las subjetividades de quien observa o aprecia. Peor aún, cuando el artista se presenta en calles, parques, plazas o esquinas de la vía pública, el esfuerzo de la propuesta estética es tensionado al máximo, por cuanto procura trasladar parte de la magia de sus creaciones a un entorno que no es necesariamente amigable ni necesariamente concordante con el sentido último de la obra, sin embargo el talento y la puesta en escena pueden trasladar al espectador a lugares insospechados.
Pero, ojo, también ocurre que frente a una obra de gran calidad, sea cual fuere el formato y disciplina, todo el espectro de tipologías de espectadores sucumbe, agradeciendo con su permanencia y aplauso final la obra presentada.

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