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La Coctelera

Gabriela Mistral y los Bomberos

Hace pocos días se conmemoró un nuevo año de la muerte física de Gabriela Mistral. Este hito nos recuerda que al amparo de la figura de nuestra poetisa elquina se han creado diversas instituciones públicas y privadas. En muchas de ellas, su creación fundacional se vio reforzada con diversos contactos epistolares y personales directos, los cuales motivaron el desarrollo y consolidación de las mismas.

Un ejemplo de aquello es la crea­ción del Cuerpo de Bomberos de Vicuña. Si bien el colega historiador vicuñense Enrique Sirvent ha desarrollado profusamente el tema, vale la pena recordar que siempre existió una profunda relación entre Lucila Godoy, la niña y maestra elquina, con su ciudad natal y sus habitantes, aunque ésta tenía elementos diversos, cruzados por sentimientos de amor y nostalgia, rencor y el dolor. La misma Mistral señaló en algún momento: “Mi famoso rencor tiene cierta base de verdad, no he perdonado a veces y no he olvidado nunca ninguna de las injusticias recibidas y particularmente no olvidé ésta que me magulló toda la adolescencia y que tuvo una repercusión enorme en mi vida de futura profesión”.

Entrando en materia, recordemos que la Primera Compañía de Bomberos de Vicuña fue crea­da con el apoyo de diversas instituciones sociales locales. En el proceso, la figura de Mistral se yergue con importancia, como un ícono inspirador. Era el año 1949 cuando los oficiales decidieron bautizar a la compañía como “Primera Compañía de Bomberos Gabriela Mistral”, lo cual fue comunicado a la maestra. Frente a este homenaje, la poetisa responde emocionada señalando entre otras cosas: “Yo deseo al menos que mi ciudad de Vicuña, sepa que mi ausencia no se llama ‘descastamiento’, sino incapacidad absoluta para cualquier viaje que pase de una semana. Vivo bajo una dieta muy rigurosa a causa de mi diabetes muy avanzada, mi corazón, de otra parte, no me da licencia para viajar en avión. Estoy revisando mi último libro de versos: Ahí hay recuerdos de Chile, que no son adulaciones patriótico – económicas, que son memoria limpia y fiel. Es eso un poema bastante largo sobre varias regiones chilenas”.

Quizás a manera de epílogo a esta relación de amistad epistolar, los bomberos de Vicuña, luego de la muerte de Gabriela, tuvieron la responsabilidad de trasladar sus restos al mausoleo de Montegrande, empleando para tal cometido el único carrobombas con que contaba esta institución en aquellos años, siendo sus voluntarios los guardias que llevarían el féretro durante el tránsito por la ciudad rumbo al mausoleo.

Terruños culturales

Dime dónde vives y te diré quién eres. Desde el Festival de la Aceituna, pasando por las pampillas dieciocheras, la Fiesta de Andacollo, las celebraciones a San Pedro hasta los homenajes a la Virgen de Palo Colorado, y otras más, nuestra región posee en su ADN cultural un vínculo permanente con lo festivo, pudiendo ser asociado a nuestra religiosidad o manifestaciones populares de carácter pagano.

Pero este carácter festivo y sus manifestaciones no están en el aire a merced de los terrales, sino asociados a un locus geográfico y a las valoraciones que de ellos realizan las personas que asisten fiel y devotamente cada vez que se lo requiera, una o más veces al año.

Esta diversidad, propia de nuestra región, da cuenta de varios territorios culturales, los cuales están salpicados en la geografía regional, dando cuenta de una diversidad propia de estas tierras.

Si bien la RAE define el concepto de terruño como la comarca o tierra asociada al país natal, desde mis subjetividades me atrevería a desarrollar una definición algo más extensa, obviamente desde una perspectiva personal y subalterna. En primera instancia, es imposible divorciar el concepto de terruño con el de cultura, por cuanto la asociación de un espacio geográfico con las subjetividades de un individuo o una comunidad están unidos al basamento cultural que éstos poseen.

Con esto quiero decir que sin cultura no hay terruño, y si abrazamos algunas ideas del determinismo geográfico, sin terruño tampoco habría cultura.

El terruño es por lo tanto cultural, un espacio geográfico humanizado e impregnado de emocionalidades y razonamientos contemporáneos y ancestrales, producto de un proceso de apropiación física y psicológica del lugar donde se vive o ha vivido parte de nuestra existencia. Hay, por lo tanto, una suerte de cordón umbilical que une al individuo con su terruño.

Éste incorpora diversos elementos, a saber el paisaje geográfico, natural y humano, la historia personal, familiar y comunitaria, las tradiciones locales, en síntesis, la vida cotidiana en un lugar, sea esto a ritmo pausado o enajenado.

Espectadores y auditores

Vivimos apurados, el tiempo es escaso y si algo merece nuestra atención debe valer la pena, más aún cuando se relaciona con elementos artísticos o culturales. Ésta es una sentencia que puede parecer cruel, pero de una u otra forma representa la inercia que reina en parte de nuestra sociedad. En reiteradas ocasiones me ha ocurrido que al viajar en locomoción colectiva, la radio está encendida, emitiendo música preferentemente de moda.

Si la radioemisora tiene el desatino de poner al aire algún programa de conversación o de noticias tratadas con un mínimo nivel de profundidad, el conductor procede cual saeta, a cambiar el dial en busca de los compases propios del reggaetón o la cumbia. Es una suerte de zapping radial, al gusto del chofer, lo cual en ocasiones puede ser una tortura. Pero dicho modus operandi asociado al zapping también se aplica al momento de presenciar propuestas artísticas físicas, en vivo y en directo.

¿Es necesario formar audiencias? Claro que sí, pero también hay que detectar focos de audiencias que no necesariamente se asocian a las propuestas que se hacen desde lo formal, tanto para presentaciones artísticas en vivo como para la apreciación de obras en otros soportes y formatos (cine, televisión, radio, Internet).

O sea, los grupos de cumbia y reggaetón tienen su audiencia específica, hay un consumo cultural asociado a la música y el baile, lo que no necesariamente tiene relación con la llamada alta cultura o las bellas artes, las que también poseen su audiencia específica y fiel.

El espectador que permanece frente a una propuesta artística, entra en un estado de goce y apreciación consciente de la obra, desarrolla una mínima conducta de respeto por el artista, cierto grado de tolerancia y paciencia, que le permite visualizar el proceso o la idea que se quiere plasmar sobre el plató, la tela, el papel o la cinta.

Pero esta permanencia está asociada a las subjetividades de quien observa o aprecia. Peor aún, cuando el artista se presenta en calles, parques, plazas o esquinas de la vía pública, el esfuerzo de la propuesta estética es tensionado al máximo, por cuanto procura trasladar parte de la magia de sus creaciones a un entorno que no es necesariamente amigable ni necesariamente concordante con el sentido último de la obra, sin embargo el talento y la puesta en escena pueden trasladar al espectador a lugares insospechados.

Pero, ojo, también ocurre que frente a una obra de gran calidad, sea cual fuere el formato y disciplina, todo el espectro de tipologías de espectadores sucumbe, agradeciendo con su permanencia y aplauso final la obra presentada.

Generación pixelada

Como bien es sabido, desde hace un tiempo se han tratado de definir las actuales generaciones de nuestra sociedad con las últimas letras del alfabeto. Así, por ejemplo, nos encontramos con la mítica generación X, la generación Y, o la infaltable generación Z.

Cada una de ellas con sus particularidades, temores, ensoñaciones, aspiraciones, escalas de valores y grados de relación con la tecnología y el mundo digital. Pero si hay algo que tienen en común estas generaciones, es un vínculo casi genético con el mundo de la computación y todos sus derivados pasados y presentes. Lo digital resulta ser el hilo conductor de los códigos y signos que comparten todos quienes de alguna forma están gran parte del día y de sus vidas conectados de una u otra forma a una red virtual.

Aparentemente cada vez más lejos de la ciudad letrada que en algún momento nos planteo Ángel Rama, estas tres generaciones de la era computacional apoyan el desarrollo de sus trabajos y la transmisión de sus emociones en el universo virtual de Internet. Si hay que buscar una unidad física, cercana a lo que podría ser un átomo del mundo material, o algo similar al punto, otrora elemento fundamental e inicial de la escritura, llegaremos al pixel, elemento fundamental de la imagen y del signo representado en monitores de computadores, celulares y otros artilugios.

Para quienes somos parte de estas generaciones de fin de alfabeto resulta casi imposible desvincularnos de las plataformas y herramientas tecnológicas actuales. Contradiciendo lo que muchos pájaros de mal agüero plantearon en su momento, el lenguaje escrito no desaparece ni desaparecerá, solamente se adapta a las necesidades y códigos actuales, en donde una frase de cariño o de malestar es reemplazada por uno o más emoticones, y un poema o una canción cantada al oído da paso a un link que nos lleva a ver un video musical o a una tarjeta de amor.

Los mitos en contra del mundo de la informática e Internet caen uno a uno. Hace pocas semanas, fuimos testigos de la aparición de nuevos juegos electrónicos en donde los monótonos ejercicios del pulgar sobre un teclado o joystick dan paso al movimiento casi completo del cuerpo humano, frente a la consola de videojuego.

A fin de cuentas, no tendremos la desaparición del lenguaje, sino que adaptaciones de éste a los nuevos soportes a través de los cuales se transmite. Tampoco asistiremos a la desaparición del ejercicio físico de nuestros niños y jóvenes, frente a la seducción de un videojuego o de una consola, ya que estas mismas tecnologías, sumadas a los intereses de los usuarios, han desarrollado mecanismos de interactividad que demandan del uso casi integral de nuestro cuerpo humano.

¿Tiakitas o diaguitas?

De vez en cuando se reanuda el debate en torno a la historia de los pueblos originarios de nuestra Región de Coquimbo. Diversos investigadores de los más variados orígenes y disciplinas ponen sus ojos y motivaciones en escudriñar la arqueología y la historia de lo que hoy en día se conoce como la cultura diaguita chilena. En ocasiones resulta majadero insistir en la diferencia que existe entre la cultura diaguita arqueológica, la etnia diaguita etnohistórica y el pueblo originario diaguita actual. Es posible que el lector piense que hablamos de lo mismo, en una suerte de línea continua de evolución y desarrollo cultural con raíces precolombinas proyectadas al presente postmoderno, sin embargo estamos hablando de cosas, conceptos y problemas muy diferentes.

Los diaguitas arqueológicos ya han sido definidos profusamente por destacados investigadores de nuestra región desde Ricardo Latcham hasta Gonzalo Ampuero. En una suerte de consenso arqueológico aceptar el concepto de cultura diaguita para definir los testimonios de la cultura material precolombina de nuestra región. Lamentable o afortunadamente esta materialidad precolombina conceptualizada a principios de siglo XX como cultura diaguita, no necesariamente tiene una continuidad con lo que históricamente fueron las poblaciones indígenas registradas en las fuentes documentales durante la Conquista y la Colonia. No existen elementos de cultura material que nos hablen de una arqueología diaguita colonial o republicana; el desafío para las ciencias históricas es muy amplio y a la vez atractivo. La situación se hace más compleja cuando en pleno siglo XXI vemos que los cuerpos legislativos de nuestro país reconocen la existencia del pueblo originario diaguita, el cual se distribuiría territorialmente entre las regiones de Atacama y Coquimbo.

¿Fueron acaso los diaguitas arqueológicos e históricos, originarios de nuestra región? Para desagrado de algunos, hay quienes postulan que la palabra diaguita proviene de la voz kakán tiakita que es la unión de dos conceptos originarios de tierras trasandinas: Thia, que quiere decir lejos, y kita, que significa fugitivos. Estas y otras ideas fueron puestas sobre la mesa de discusión por el historiador Eduardo Téllez durante un congreso realizado en nuestra región a comienzos del año 2009 y cuyas actas, con esta y otras investigaciones, están prontas a ser publicadas.

A mi juicio resulta fundamental asumir que la discusión e investigación sobre nuestra historia regional está viva, es dinámica y rica en nuevas posibilidades de desarrollo investigativo.

Sarah, Jorge y Gabriela

Al revisar algunos hitos de la historia cultural de Chile, surgen ciertos temas no menores que al día de hoy se sitúan dentro de lo cotidiano, pero que han sido parte de procesos socioculturales largos y no menos complejos. Uno de esos es la masificación de las artes y la cultura.

Sarah Bernhardt (1844-1923), afamada actriz francesa de fines del siglo XIX y comienzos del XX, visitó nuestro país en 1886, provocando gran impacto en la ciudad de Santiago. Las fuentes señalan que al menos dos mil personas se aglomeraron en la Estación Central de Santiago para recibir a la diva. Además, las cualidades actorales de la francesa generaron diversas reacciones en la intelectualidad nacional, especialmente en personalidades como Miguel Luis Amunátegui, Diego Barros Arana y José Victorino Lastarria.

Jorge Negrete (1911-1953), conocido y famoso cantante y actor mexicano de la primera mitad del siglo XX, en el marco de una gira por Sudamérica, visita nuestro país en 1946, generando gran conmoción en los habitantes de Santiago, muchos de los cuales salen a las calles para dar la bienvenida al gran charro mexicano. La prensa de la época da cuenta del fenómeno, con extensas entrevistas y crónicas dedicadas a difundir tal acontecimiento.

Gabriela Mistral (1889-1957), visita nuestro país -por última vez- en 1954. A su llegada son muchas las personas que salen a recibirla y observarla. Era una suerte de heroína nacional que regresaba a su tierra natal. Los días posteriores no fueron menos seguidos por la prensa nacional ni menos concurridos por una población chilena ávida de ver en carne y hueso a su gran embajadora.

Ahora bien, los lectores se preguntarán cuál es la relación que pretendo establecer entre estos tres personajes. Pues bien, todos ellos estaban vinculados a las artes y la cultura, además, generaron gran impacto con sus visitas a nuestro país, realizadas en momentos culmines de su vida artística. Esto forma parte inequívoca de un proceso de masificación de la cultura, una bajada al pueblo del otrora distante artista e intelectual de fama mundial. Quizás al día de hoy, la llegada de famosos y famosas no genere demasiado impacto, salvo los grupos de fans que reciben y despiden en el aeropuerto a sus ídolos y las posteriores ventas de taquilla en los conciertos o presentaciones. Pero si nos situamos en perspectiva, desde fines del siglo XIX se viene configurando la imagen del artista popular, aquel que moviliza masas de personas transformadas en fieles seguidores y fanáticos de las obras, incluyendo la imagen que de éstos se difunde a través de formatos diversos como el cine, el libro, la radio y televisión.

Ciberespacio, Internet y Gabriela Mistral

Internet, el ciberespacio y lo virtual son parte de nuestras vidas, guste o no a las mayorías, el mundo es otro desde la irrupción de las nuevas tecnologías de la información y comunicación.

Comencemos con un poco de  teoría. Dominique Nora nos planteaba hace algunos años, en su obra “La conquista del ciberespacio”, que “estas vías y herramientas de comunicación emergentes definen un nuevo espacio relacional donde los individuos, en vez de reunirse físicamente, conversan e intercambian datos por medio de terminales y redes entrelazadas…” , este espacio constituye lo que el escritor norteamericano William Gibson llamaba ciberspace  en la novela “Neuromancer” de 1984. Por su parte, respecto de lo virtual y de la cibercultura, el filósofo francés, Pierre Levy, nos habla de una entidad desterritorializada, capaz de engendrar varias manifestaciones concretas en distintos momentos y lugares, sin por ello estar ligada a un lugar o tiempo concreto.

Ahora bien, los lectores se preguntarán qué tiene que ver todo esto con Gabriela Mistral. En una conferencia dedicada al pueblo y cultura peruana, dictada allá por 1940, nuestra Gabriela Mistral comentaba diversos temas de lo que por entonces era la problemática cultural latinoamericana y mundial. Al realizar segundas y terceras lecturas sobre parte del texto comentado, surgen impresiones que no dejan de llamar nuestra atención, situando a nuestra Mistral en un sitial visionario de lo que se vendría al menos cinco décadas después. Ella dijo en su momento: "Si las maravillas de la técnica continúan allanándonos las fronteras, es decir, si más allá del telegrama y el cable, la radio y el teléfono, sobrevengan invenciones más relampa­gueantes que nos permitan hablar de un canto del mundo a otro, anulando mares y montes, entonces los hombres y las mujeres de este planeta quedaremos codo a codo sin más distancia, viéndonos y oyéndonos como los ángeles persas".

Estas ideas por decirlo menos visionarias, nos permiten observar parte del pensamiento mistraliano. Si remitimos nuestra mirada a los actuales teóricos del mundo de la Internet, podremos encontrar diversas definiciones, las cuales coinciden en cuanto a la inmediatez e instantaneidad del mensaje, a conceptos como la atemporalidad, a estar a la vez en diversos puntos del mundo conectados y ser visualizados por una o millones de personas conectadas a un terminal computacional.

Quizás en los años ’40 del siglo XX, cuando la Mistral escribía sobre lo que se nos vendría en el área de las comunicaciones, lo hacía desde una intuitiva mezcla de poesía y profecía, con ingredientes de lógica e imaginación, dando un paso más allá de lo que era conocido en su época. Gabriela Mistral nunca deja de sorprender.

Información pública

En América Latina existe una situación en extremo disímil en torno al tema del acceso a la información pública. Se detectan casos en los cuales hay alusiones o indicaciones marginales respecto de la transparencia y del acceso a la información, en leyes o cuerpos legales que abordan otras materias, por ejemplo leyes medioambientales.

Asimismo, en varias constituciones latinoamericanas se indica la obligación del Estado a informar de sus actos a la ciudadanía, lo que no implica necesariamente la existencia de una ley específica.

Sólo algunos países se han adentrado en dichas materias, asumiendo el desafío y la responsabilidad amparada en el derecho internacional y en los derechos humanos, en cuanto a la necesidad de garantizar el derecho ciudadano de estar informado.

En Chile, luego de un arduo proceso de debate parlamentario, se logra legislar de forma clara y focalizada, respecto del acceso a la información pública. Para ello, se promulgó una ley específica, la Nº20.285 sobre "Acceso a la información pública". Ésta exige que se implementen al menos dos formas o sistemas complementarios donde se puede acceder a información de "interés público".

La primera de ellas es conocida como "Transparencia activa", la cual implica un trabajo de "poner a disposición" de la ciudadanía un conjunto importante de información referida principalmente a resoluciones que involucran la gestión pública, especialmente en lo referido a la administración de recursos financieros. Para ello, cada Ministerio o Servicio tiene un programa de registro e ingreso de la información a una plataforma Web, la cual es administrada por unidades especialmente diseñadas en la respectiva institución.

Esta información, una vez publicada, está disponible en internet en los sitios específicos de cada entidad, con el distintivo "Gobierno transparente". Este sitio entrega datos sobre diversas materias que pueden ser o no de interés del ciudadano común. La otra forma o subsistema de acceso a la información pública, se relaciona con la llamada "Gestión de solicitudes", la cual se relaciona con responder a consultas específicas realizadas por la ciudadanía al servicio o institución pública. Para ello se estableció un procedimiento y sanciones en caso de no cumplir con los plazos establecidos por la legislación vigente.

Ahora bien, es muy posible que el ejercicio pleno del derecho a la información pública, sea ejercido por parte de los ciudadanos de forma lenta, aunque no por ello menos progresiva cualitativa y cuantitativamente. Esto pone de manifiesto la existencia de un problema que no es necesariamente abordado por la ley: La educación cívica en torno al acceso de la información pública. Sin embargo, esa función o tarea constituye una de las misiones que tiene el Consejo de la Transparencia, institucionalidad creada con motivo de la promulgación de esta ley.